Los Cátaros (Bons Hommes)


Esta entrada de Blog está dedicada, quiere ser un recuerdo para aquellos Cristianos que fueron exterminados por la Iglesia Católica mediante una cruzada. La primera cruzada para el asesinato de unos Cristianos contra sus hermanos.



 La breve historia de los Cátaros aquí mostrada ha sido tomada de la web clubtelepolis.com

Visitar www.xpoferens.cat "Los Cátaros".

Los Cátaros, también llamados "Los Hombres Buenos" (Bons Hommes), (se incluye también a las mujeres con el termino de “hombres”)

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Los Cátaros  “Hombres Buenos”

El Catarismo arraigó en Occidente, y de modo particular en las tierra de Occitania, al sur de Francia


La amenaza que representaban los Cataros contra la Iglesia Católica de aquellas fechas, fue una excusa para tratarlos como herejes y rebeldes sociales, y a caballo de los poderes de la Iglesia y del Estado, exterminarlos.


Cuando los enigmas son quemados en las hogueras de la Inquisición, siempre quedan "cenizas" que pueden prender y dar forma a una apasionada historia de unos hombres, justos, buenos, piadosos, trabajadores y honestos, que en un momento dado de la historia, dieron muestras de ser heroicos valientes.


El catarismo fue una filosofía que recogió los conceptos mas humanos del cristianismo, Los Perfectos y las Perfectas (que así eran denominados) y que enseñaban esta nueva doctrina, se consideraban herederos de los apóstoles de un Jesús espiritual, nunca material, tenían como libro máximo al "Evangelio de San Juan"


La doctrina enseñaba la visión dualista del universo. Con sus dos principios antagónicos: el bien y el mal, la luz y la tiniebla. Pero ellos no se consideraban asimismo profetas como el persa Mani, el cual había acuñado el maniqueísmo compilando las doctrinas de Zoroastro, Buda y Jesús. Para ellos el mal poseía la misma fuerza real que el bien. Por lo que jamás debía ser ignorado y menospreciado. La creación del mundo la atribuían a un ángel malvado o Satán.


Y esto suponía que todo lo material simbolizaba lo negativo y pecaminoso. Por lo que la única solución para el ser humano de salvarse, radicaba en seguir las enseñanzas de Jesucristo, quien mostrara al mundo el camino de la redención.


Los Cataros consideraban pecado lo que la Iglesia romana consideraba pecado. Pero había una excepción: El Juramento y el homicidio. Para ellos estaban prohibidas las guerras y la muerte de los animales. Tampoco reconocían la autoridad de los Reyes, los Obispos y el Papa. Con sus actos lograron anular a los curas del Languedoc y por lo tanto se convirtieron en enemigos de la Iglesia Romana. El merito de los cataros se basaba esencialmente en que no mentían.


Todo lo que predicaban en el acto lo llevaban a la practica, no apoyándose nunca en el razonamiento hipócrita de "haz lo que yo te digo, pero no lo que yo hago" tan común en muchos sacerdotes.


Otra de sus virtudes era que a diferencia de los clérigos, trabajaban y no vivían de la caridad. Aceptaban dadivas y donaciones pero enseguida eran utilizadas en servicios a la comunidad, reparando las casas de los pobres, los pajares, construyendo pozos artesianos, etc. todo ello contribuyo mas tarde a la terrible persecución de que fueron objeto y a su aniquilación.


El individuo común de la Edad Media occidental, que rezaba, que luchaba, que trabajaba, según el reparto en tres órdenes de la sociedad, sentía el arte, la política, lo social, la vida, la muerte... en una palabra, el mundo que le rodeaba, en unos términos esencialmente religiosos.


La casi totalidad de sus referencias eran cristianas, ya que todo el saber estaba condensado en los monasterios y abadías. Su universo mental no podía salirse de esos conceptos religiosos. Y entendía su propia existencia como resultado de una creación. Toda su vida social y privada se centraba en su salvación y giraba en torno a un tema recurrente: Dios.


El mundo medieval vivía inmerso en la incultura general, y los aires de reforma que envolvían al pueblo cristiano, en busca de un regreso a los ideales evangélicos de pobreza, de pureza en las costumbres y de predicación de la palabra de Dios, estaban bastante cuestionados.


La Reforma Gregoriana, entre los siglos XI y XII, se convertirá en una primera tentativa de respuesta por parte de la Iglesia católica, a los nuevos problemas planteados por un cristianismo instalado en una Europa en paz, lejos de las antiguas luchas y batallas.


Los Clérigos y laicos, poco a poco saldrán con valentía a recorrer aldeas, poblados y ciudades, para predicar el Evangelio, sin preocuparles obtener ni la autorización de Roma, ni el derecho a traducir las Escrituras del latín.


Y en estas tierras, los Cataros se hicieron famosos, y poco a poco fueron siendo conocidos también con el nombre de albigenses, nombre que se tomó de la famosa ciudad de Albi. Ello también afectaba a otras ciudades como Tolosa de Languedoc, Narbona, Carcassona, Beziers y Foix, entre otras.


Uno de los puntos centrales del propósito de vida cátara era la observación literal de los preceptos del Cristo y, especialmente de los imanantes del Sermón de la Montaña. Caracterizados por el rechazo total de la violencia, de la mentira, y del juramento, los cataros se mostraron a las poblaciones cristianas como unos predicadores (itinerantes y pobres individualmente) de la Palabra de Dios. Que como ya hemos dicho "Predicaban con el Ejemplo".


El nombre de cataros (del griego "puro") lo recibieron de los católicos. Ellos mismos se llamaban cristianos o "Hombres Buenos", y su manera de concebir la religión puede ser considerada como un evangelismo de la época.


Esta situación no gustó ya desde el primer momento a la Iglesia Católica de Roma, y aunque se hicieron esfuerzos profundos por parte del Clero para llevar a los Cataros a la ortodoxia católica, en ningún momento lo consiguieron sino que lograron que poco a poco crecieran sus adeptos.


"También molestaba mucho a la iglesia el hecho de que las mujeres Cátaras mostraran su filosofía o enseñanza públicamente, pues se negaba el derecho de las mujeres a ser oradoras como lo eran los sacerdotes. (Actualmente sigue en pié esta discriminación)". Nota introducida por el autor del blog.


La Iglesia intentó recurrir a las ordenes religiosas para que pusieran baza, pero ni cistercienses ni dominicos lo consiguieron. El asesinato en 1208 de Pedro de Castelnou, legado pontificio, en extrañas circunstancias, dio margen al Papa Inocencio III a cambiar de táctica y utilizar la violencia en contra de los Cataros.


Se inició así una verdadera cruzada contra los Cataros. Esta cruzada fue una gran ocasión que se le brindó a la monarquía francesa del Norte para ocupar las tierras del Sur, más rico y civilizado. De esta manera la Iglesia consiguió adeptos que le ayudaran en el exterminio.


Esta violencia contra los Cataros continuó años más tarde con los procedimientos empleados por la Inquisición y las posteriores hogueras colectivas ordenadas por los distintos brazos temporales de la Iglesia de Roma, para terminar con "gente indeseable y molesta" como para ella fueron en todo momento los Cataros.


Los Cataros renunciaban a los bienes materiales, a la pompa de una vida fastuosa, y practicaban indudablemente una verdadera fraternidad. Así los llamados "Revestidos" no poseían ningún bien terrenal, y al igual que los Esenios, vivían una existencia austera.


Se reunían principalmente en casas simples antes de la famosa persecución y posteriormente durante ella en simples cuevas o grutas, en los bosques. Y es que su concepción de la vida chocaba contra la fastuosa pompa de la Iglesia de aquellos tiempos.


Aunque atacaron el poder temporal de Iglesia, y la venalidad de los prelados y de los clérigos, no formaron nunca lo que hoy en día se podría denominar "Partido Político". Sin embargo posteriormente serian acusados vilmente de "Levantarse contra la Propiedad".


Impregnados de una profunda sabiduría y paz interior, afirmaban que los hombres no tenían derecho a juzgar a otros hombres. Consideraban que los móviles humanos eran demasiado complejos y demasiado secretos, como para que los jueces pudieran conocerlos y apreciarlos de manera ecuánime.


Solo aceptaban para los culpables sanciones educativas y reformadoras, que debían de estar cargadas de amor para con los culpables, nunca de odio. Los castigos, según su consideración no debían hacer que los delincuentes se revelasen, sino despertar en ellos el deseo de la enmienda.


En aquellos siglos de violencia, los Cataros rechazaban la Pena de Muerte y extendían el respeto por la vida a los mismísimos animales (eran vegetarianos). Los Revestidos, para evitar la violencia, no debían llevar jamás armas, no debían librarse jamás a un combate sangriento, ni por lo tanto hacer la guerra.


Su Credo consistía en el trabajo y en la mejora de sus conocimientos, diversificando sus oficios, y enseñando a los demás a practicarlos. Cuando eran atendidos en las casas, pagaban su manutención ayudando en las tareas cotidianas de las mismas, reparando cosas rotas, trabajando en el campo, ayudando en las tareas domesticas.


Si eran pagados, utilizaban la mayor parte de las pagas en la reconstrucción de casas de los pobres y necesitados, predicando con hechos y no con palabras vanas y desnudas, el voto de pobreza.


Los Cataros consideraban que la justicia aplicada en los países cristianos era una Ley demasiado dura. Que era inhumana y maligna, ya que olvidaba el sentido caritativo del perdón, al considerar a todo reo "Culpable mientras no se demostrara lo contrario". Basaban sus argumentos en esta circunstancia: "En una sociedad gobernada por Lucifer, todo lo que se realice ha de ser diabólico. Los Jueces, los Señores y los Sacerdotes no tienen derecho a castigar, por que ven al acusado o al pecador como una victima, y no como un hermano al que se le debe brindar la oportunidad de arrepentirse".


Pocas veces tuvieron la oportunidad y ocasión de poder llevar a la practica su concepto real de "Justicia", aunque se dispone de un ejemplo muy característico.


En 1209, condenaron a un Barón acusado de asesinato a que se "arrepintiera" de su delito y luego ingresara en la Orden de los "Hombres Buenos". Se sabe que este noble renunció a sus Derechos Feudales, entregó sus tierras y vivió como el mas humilde de los Cataros.


Los Cataros basaron su eficacia en la predicación, dando ejemplo de lo que predicaban, por lo que causaron claro esta preocupación e inquietud en la Iglesia de Roma.


Su principal valor estaba en la dignidad personal de sus vidas. Sus actos y sus palabras, concordaban absolutamente. Los que les escuchaban no podían acusarles de hipocresía. Tenían la habilidad de aparecer como auténticos "Hombres Buenos".


Llevaban una vida dura y errante, huían a veces de alguna ciudad para dirigirse a otra, igual que ovejas entre lobos, y durante su represión, sufrieron persecución como los mismísimos apóstoles y los mártires. Sin embargo su vida continuaba siendo santa y austera, transcurriendo de abstinencia en abstinencia, consagrándose a la oración.


Su trabajo era constante. Algunos eran médicos, otros tejedores, otros trabajadores agrícolas. Y así en el ejercicio de sus funciones entraban en contacto con el pueblo creyente, al que consideraban que debían aleccionar y preparar para el "Bautismo Cátaro".


El Catarismo parecía dar respuesta a las cuestiones dejadas por la Iglesia Católica. Insistía en las espantosas denuncias de los monjes e incluso las ampliaba.


En los hechos que nos relata la Historia, se nos ocultan sistemáticamente las verdaderas razones del exterminio de miles de hombres y mujeres que, de puertas afuera, desdeñaban el cristianismo y sus dogmas.


Los historiadores silencian, en efecto, cuál era el ideario de aquellos hombres incomprendidos por el poder y el clero y a los cuales finalmente se les exterminaría a sangre y fuego. La excusa de luchar contra la herejía fue solamente la coartada que debía enmascarar los verdaderos fines que el exterminio encubría.


La tradición ocultista asegura que la noche antes de que cayera Montsegur, se descolgaron cuatro hombres de la fortaleza para poner a salvo El Tesoro Cátaro. ¿Qué era, en realidad este " tesoro “? Nadie, por supuesto, lo sabe, pero la mayoría de los comentaristas imaginó que lo que se puso a salvo era la " Sangre Real " de Jesús. No es coincidencia que el mito del Grial. Del Sangral, se incorporase a la naciente literatura europea a partir del exterminio cátaro.


En Ragusa (Sicilia) existe una misteriosa obra de arte propiedad del Conde de Gozcé, el cual en alguna ocasión declaró a algún visitante que este plato provenía del Sur de Francia. y que había sido cedido a su familia en el Siglo XIII por un cátaro tolosano exilado.


La decoración de ese plato representa la ilustración de la parábola del hombre y el unicornio, utilizada por el anciano Barlaam en sus enseñanzas al Príncipe Josafat. Y ahora empieza el enigma. El simbolismo es claro: el hombre perseguido por la muerte olvida el peligro de la caída en la boca del Dragón, retenido como esta por el hilo de miel, "Símbolo" de las "delicias" del mundo material. Nos aparece una vez mas la concepción catara que expresa el dualismo moral, la lucha del bien contra el mal, ilustrada por los colores blanco y negro de las "dos ratas que roen la raíz del arbusto, que a su vez representa el Árbol de la Vida".


En la concepción que tenemos de nuestro actual Padrenuestro los cristianos, hemos podido encontrar una sencilla oración que según los estudiosos era el Padre Nuestro de los Cataros, este rezaba así:


Padre Nuestro, que estas en los cielos, Santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El Pan Nuestro, Supersubstancial, danoslo hoy Y perdona nuestra deudas Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Y no nos dejes caer en la tentación Mas líbranos del Mal Ya que a ti pertenecen el Reino, el Poder y la Gloria Por los eones de los eones, Amen.


El Cátaro, Bernard Franca, Clérigo de la ciudad de Goulier, dejó escrita esta bella leyenda, que se puede entroncar en lo que después se llamaría "Breviario de las Leyendas Cataras":


Hace mucho tiempo, un pájaro muy especial surcaba el cielo, todo el mundo lo conocía con el nombre de pelicano, y también era sabido que entre sus costumbres estaba la de seguir el curso luminoso del sol. No tenia miedo al calor, ni tomaba un momento de descanso durante las horas diurnas.


Pero llegó la época del apareamiento, lo que le privó de su placer durante unos instantes. Después reemprendió el vuelo en busca de los ardientes rayos solares. Cuando puso los huevos, los cuidó con gran dolor, ya que esta situación le privaba de sus prolongados recorridos, amando sus queridos rayos solares. Por esto, intentó recuperar todo el rato perdido, dejando a sus crías en el nido, bien provistas de alimento suficiente.


No obstante, durante su ausencia, una bestia maligna llegó a su nido, y con saña y maldad desplumó y arrancó el pico a las crías del pelicano. En esta situación este animal encontró a su vuelta el nido. Muy disgustado, curó a sus "Hijos" y al día siguiente, volvió a marchar.


Pero los ataques malvados al nido se volvieron a producir, cada vez con mas saña, por lo que tuvo de olvidarse de su placer, con el fin de poder sorprender a su enemigo, por lo que se escondió allá donde no podía ser descubierto y de esta manera fue como pudo descubrir a la bestia maligna, dándole muerte. Así sus crías quedaron libres de toda amenaza, y al mismo tiempo, pudieron contar con una mayor compañía, ya que el pelicano escarmentado, repartió el tiempo de la vigilancia de su nido con la del gozo de volar detrás de los rayos del sol...


La explicación que los cataros daban a esta leyenda, resulta un tanto complicada, veían en el pelicano a Cristo, el cual perdió su luminosidad al ser engendrado por la Virgen Maria, pero que la recuperó una vez que venció sobre las fuerzas malignas de la tierra...


Lo que si queda muy claro es que, leyendas como esta, unidas a anécdotas como la de los símiles de animales, servían para aproximar la religión al pueblo.


Con estas leyendas conseguían que el Catarismo fuese netamente popular, sin dejar de poseer una gran cantidad de elementos esotéricos, es decir, "Una carga muy importante de enigmas y de misterios"


La herejía fue un desafió a la Iglesia Católica. El descubrimiento de este desafió causó una intensa crisis a finales del siglo XII. A este desafió, la Cruzada y la Inquisición dieron una respuesta violenta. Y hay que entender la violencia y la brutalidad contra los cataros, a causa de la crisis del pontificado de Inocencio III.


Este controvertido Papa comprendió mejor que nadie de su tiempo que el catarismo había surgido en Occidente, por una grave carencia de la Iglesia. Es decir una catequesis inadaptada a los problemas cotidianos vividos por los laicos. Y una culpable vida de relajo de clérigos demasiado atraídos por las facilidades del mundo temporal.


Se sabe que las ideas que mantenían "El Perfecto" es decir el Cátaro y el creyente, es decir el ser normal, tenían una diferenciación de criterios abismales.


Los Cataros transmitían a sus hijos todos sus conocimientos...


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Extraido de "Club Lorem Ipsum" (Instituto de política y análisis internacional)


"Yo considero que los cátaros, diferencias menores aparte, han sido lo que la historia nos dice. Una secta cristiana con conexiones gnósticas que fue aplastada por la iglesia y la nobleza del norte de Francia. Quizá pudieran pensar arteramente algunos el poco sentido (y aún menor beneficio) de una cruzada en tierras cristianas contra tan pacífica gente. Error. Declarar una cruzada contra los territorios cátaros era una excusa perfecta para el rey de Francia (en aquella época Felipe Augusto) para poner bajo gobierno directo de la corona francesa la rica Provenza y el Languedoc. Tan provechoso era que San Luis Rey declaró con auspicio del Papa la II Cruzada Albigense, que acabó con la toma de Montsègur.


Los albigenses fueron condenados a muerte porque eran, a ojos de la Iglesia, un peligro. Intentaré explicarlo. Los cátaros, cuando aparecieron en el sur de Francia, rompieron muchos de los esquemas que eran considerados inmutables por la Iglesia. En primer lugar, llevaban aspectos tolerantes con otras religiones, incluso la musulmana, y se mostraron en contra de las Cruzadas. Negaban la humanidad de Jesucristo encarnado, pues afirmaban que siendo la carne y la materia satánica, en realidad aquél Cristo que los Apóstoles y Discípulos vieron fue una engañosa apariencia angelical, como también los romanos que creyeron haberlo crucificado: en realidad nunca murió, pues no podía morir. Afirmaban que el imperfecto mundo material no podía venir de Dios -por lo que Dios habría creado el cielo, el amor y lo espiritual y el Diablo los males y lo material-, pues él era Todopoderoso y perfecto, y por tanto habría Juicio Final y resurrección de las almas, pero no de la carne: pues los males del mundo y la carne eran productos de un Dios perverso: el Diablo, adversario de Dios Padre. Aseguraban que la usura no era pecado, que el infierno era el realidad la tierra material, donde los hombres moraban hasta que tras reencarnarse en alguien puro, Dios los llevaba al Cielo, y que en el juicio final sólo habría Cielo y Purgatorio, porque el Dios del Mal sería derrotado, admitían el sacerdocio de las mujeres, ignoraban los sacramentos de la Iglesia (aunque celebraban matrimonio, absolución de pecados, melioramentum, una bendición y consolamentum, una mezcla de bautismo y unción sacerdotal). Todo ello les hizo ganar rápidamente cientos de adeptos, hasta que la Iglesia de Roma descubrió en ellos la herejía. Cuando se descubrieron las conexiones gnósticas de los cátaros la iglesia alzó la voz de alarma: los cátaros eran herejes y desechaban los más importantes dogmas cristianos.


Todo esto era suficiente para declarar una Cruzada, y así se hizo. No obstante, queda por saber qué impulsó a la nobleza a una cruzada de forma tan numerosa. Realmente, al Rey de Francia y a sus belicosos nobles todo le reportaba ventajas. El Rey de Francia recelaba de las cada vez más profundas relaciones del Rey de Aragón con el Languedoc, y deseaba extender su influencia hasta los pirineos. Los barones y condes deseaban apropiarse de las enormes riquezas del sur de Francia y de sus vitales minas de hierro y oro. Al tiempo, para los caballeros de Francia, era una oportunidad de ganarse el manto de cruzado y sus atractivos beneficios sin acudir a la pesadilla de Tierra Santa.
De ahí el enorme impulso de la nobleza para la Cruzada."


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"...matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos…”


Extraido de: http://www.ciag-gnosis.org/

Su persecución y exterminio


Los cátaros, grandes defensores de la Iglesia Cristiana Primitiva, consideraban que la Iglesia Católica, desde de su alianza con el emperador Constantino, estaba completamente corrompida.

Rechazaban el lujo de los templos y las imágenes, pues decían que Dios no moraba en los templos sino en el corazón de sus fieles devotos. El culto cátaro, basado en el primitivo cristianismo, era sencillo.

Naturalmente, muy pronto fueron objeto de las más violentas condenas católicas, siendo varios concilios los que se ocuparon de esta “herejía”. La Iglesia Romana trató de combatirla por la predicación, por lo que en el año 1145, San Bernardo es enviado al Languedoc; se trata del “árbitro de reyes y papas”, el orador más prestigioso de Occidente. Mas Bernardo sólo predicaba para convencer a quien estaba desviado y decía:

“La fe es cosa de persuasión, no se impone”

Finalmente, de vuelta de una misión, aparentemente, infructuosa, hace justicia a las costumbres de los buenos hombres y escribe en su informe al Papa: “Nada reprensible se encuentra en su modo de vivir”.

Pero Roma quiere dar algunos escarmientos. En 1178, un legado llega a Toulouse; el legado consigue la lista de los principales cátaros de la ciudad, encabezada por Peyre Maduran, notable muy rico y de edad madura, a quien se considera jefe de los “creyentes”.

Apresado, este pobre hombre, descalzo y desnudo hasta la cintura, es azotado con látigos a todo lo largo del recorrido que conduce desde la prisión en la que le han encerrado hasta el atrio de la iglesia Saint-Sernin. Le confiscan sus bienes y le condenan a mendigar tres años en Tierra Santa. Por milagro, había de volver y, a su regreso, los tolosanos le hicieron un recibimiento triunfal.

En 1179 el Papa Alejandro III celebra un concilio donde declara la futura forma de combatir a los cátaros:

“Tomando las armas contra ellos, que sus bienes sean confiscados y se permita a los príncipes reducirles a la esclavitud... A los que luchen para expulsarlos, les perdonamos dos años de penitencia...”

En 1198, sube al trono pontificio Inocencio III. Su primera disposición es excomulgar no sólo a los cátaros, sino a aquellos que rehúsen perseguirlos.

Con todo, el catarismo seguía extendiéndose por el próspero midi francés. A principios del siglo XIII pocos bautizaban a sus hijos, pueblos enteros no hacían caso a los sacerdotes católicos ni pagaban los diezmos a la Iglesia Católica. Y ésta no estaba dispuesta a verse batida en el corazón de Europa.

En 1205, entra en acción un monje español de 35 años: Domingo Guzmán, el futuro santo Domingo. Sombrío y apasionado, de costumbres tan ascético como un Perfecto (Cátaro avanzado espiritualmente), recorre los caminos de Languedoc descalzo, pidiendo limosna, durmiendo al raso y predicando sin cesar.

Sin embargo, con frecuencia le insultan y le tiran piedras, pues los languedocianos ya no pueden creer en la sinceridad de un clérigo católico. Su fracaso le llevó pronto a cambiar de tono y exclama:

“Donde no vale la bendición prevalecerá la estaca. Excitaremos contra vosotros a príncipes y prelados, y estos convocarán a naciones y pueblos”.

En efecto, el Papa Inocencio III activará la represión bélica. Envía a Pedro de Castelnau, en 1208, como legado suyo. Pero Castelnau es asesinado. El pretexto para la agresión y la guerra se hallaba servido. El Papa, acusando de instigador del crimen a Raymond V, conde de Toulouse, ordenó una cruzada contra este noble y contra la herejía defendida por él.

A cambio de participar en la cruzada contra los cátaros, la Iglesia prometía el cielo para aquellos que murieran en la misma, y para los que sobrevivieran bendijo la rapiña y el saqueo.

El Papa buscó el apoyo de los monarcas francos del Norte y excomulgó a los príncipes provenzales. Garantizó a los príncipes del Norte que ocuparían los feudos del Sur con las bendiciones de la iglesia.

Bèziers y Carcassonne fueron arrasadas en una primera fase. En una segunda cruzada se reanudó la lucha por la Provenza con el fin de exterminar a todos los herejes, quemando y asaltando castillos y ciudades.

Una matanza sucedería a la anterior. Una y otra vez las ciudades del Sur serían sitiadas y saqueadas, y una y otra vez los príncipes del Sur las recuperarían hasta que la guerra devastó toda la región.

La guerra a lo largo de todo el siglo XIII fue extremadamente violenta y cruel. Pues por donde pasaban los cruzados, a continuación llegaban los inquisidores. Miles de personas fueron torturadas y asesinadas en la hoguera.

El legado pontifical de Inocencio III en Occitania, arzobispo y duque de Narbonne, Arnaud Amaury fue la cabeza espiritual de la cruzada. La primera cruzada contra los cátaros se presentó el 20 de julio de 1209 al mando de A. Amaury ante las murallas de Bèziers. En esta ciudad, está a punto de escribirse una de las páginas más sangrientas de esta cruzada y Arnaud se va a inmortalizar como ejecutor de tan cruel hazaña.

Por un lado, el obispo católico de Bèziers da a A. Amaury la lista de los herejes que quedan: 220 simples “creyentes” a cambio de la promesa de que los demás habitantes serán respetados si la ciudad se rinde. Pero, por otro lado, las autoridades civiles de Bèziers tienen demasiado honor para aceptar tal trato, y dicen:

“Preferimos ser ahogados en el mar antes que entregar a nuestros conciudadanos y renunciar a defender nuestra ciudad y nuestras libertades”.

El obispo exhorta entonces a los católicos a que abandonen la ciudad para ponerse bajo la salvaguardia de los cruzados, pero la gran mayoría de los católicos responden igual que sus autoridades.

Fortificada y bien aprovisionada, Bèziers puede resistir largo tiempo. Si lo consigue, los asaltantes, que sólo se han alistado por cuarenta días, se desanimarán y regresarán a sus hogares. Además, Bèziers espera a Trencavel, caballero heroico de ese tiempo, cuyos vasallos están todos decididos a la resistencia, y llegará para socorrerlos. La suerte de la cruzada se juega en este primer afrontamiento.

El destino de la civilización occitana va a decidirse. Mas ¡cuántas veces ha perdido a los meridionales el demonio de la ostentación! El 22 de julio, un grupo de defensores no puede contener las ganas de hacer una salida en pleno día para ir a plantar cara a los asaltantes. Ante lo cual, el jefe de los mercenarios cruzados inicia un rápido ataque. Los de Bèziers sorprendidos se retiran, pero los mercenarios, que los persiguen, llegan al mismo tiempo que ellos hasta una de las puertas de la ciudad, apoderándose de ella. Ante tan inesperada ventaja, los cruzados consiguen entrar en masa en la ciudad.

Los mercenarios siembran el pánico en los arrabales. Pronto la situación de los sitiados es desesperada: la población se mete en las iglesias buscando asilo en ellas, y los sacerdotes hacen repicar las campanas y se revisten de sus ornamentos.

Al preguntarle sus soldados como distinguir a los cátaros de los católicos, Arnaud Amaury les responde con las siguientes palabras, que se han hecho célebres:

“Matad, matad a todos, que luego Dios distinguirá a los suyos”.

Todos fueron muertos sin piedad y sin excepción, hombres, mujeres, niños y sacerdotes, al pie de los altares. La primera acción de la cruzada católica contra los cátaros en la ciudad de Bèziers fue una carnicería infamante, con las calles convertidas en ríos de sangre, las iglesias y las casas ardiendo, después de haberlo expoliado todo.

Arnaud escribió inmediatamente al Papa Inocencio III:

“Los nuestros, sin perdonar rango, sexo ni edad, han pasado por las armas a veinte mil personas. Tras una enorme matanza de enemigos, toda la ciudad ha sido saqueada y quemada, la venganza de Dios ha sido admirable”.

Una vez que Arnaud Amaury acaba con la plaza de Béziers, marcha sobre Carcassonne, plaza fuerte y doblemente amurallada. En ella está el gran héroe que se esperaba en Bèziers, Trencavel, vizconde de Bèziers y Carcassonne, un joven de 23 años dispuesto a salvaguardar hasta al último de sus más humildes vasallos.

Pero los rigores del tiempo no siempre favorecen las gestas heroicas y ese año fue escaso en lluvias y los pozos y aljibes de la ciudad están secos. Esto le lleva a sacrificarse con cien de sus mejores caballeros, marchando contra el campamento enemigo mientras que los de la ciudad escapan por pasadizos secretos.

Trencavel es cogido prisionero, encerrado y encadenado en los calabozos de un castillo, agravio máximo para un caballero de honor. Allí pocos meses después muere con disentería o envenenado, como opinan otros, cuando apenas cuenta 24 años de edad.

“No hubo mejor caballero, ni más generoso ni más cortés -dice de él una canción de la cruzada-. Sentía cariño por los de su país, y éstos no tenían de él ni desconfianza ni temor”.

Y aún hoy, después de siete siglos, sigue siendo un héroe nacional en la región del Languedoc.

En cuanto esta resistencia ha caído, Arnaud ofrece las plazas y posesiones conquistadas a diferentes nobles del Norte, mas ninguno acepta, debido a lo sangriento y oscuro de su conquista.

Pero como la codicia y las ansias de poder no campean sin una forma humana que las avive, aparece entonces en escena un ambicioso noble venido a menos llamado Simón de Montfort que se convierte en el nuevo vizconde de Bèziers y Carcassonnne, y va a sembrar el terror en el Languedoc.

Una de las hazañas que hacen gala de su persona es la toma de la plaza de Lavaur, donde una mujer, la castellana Giralda, con cien caballeros, hacen frente por más de dos meses a las tropas de Montfort.

Cuando por fin la plaza es tomada, hace colgar a los defensores que aún quedan, empezando por el hermano de Giralda. Entre la ciudadanía, cuatrocientos son quemados por herejes. Y a Giralda, hija de una investida y “creyente” ella misma, viuda desde hacia varios meses y a la espera de un hijo, la hace sacar desnuda fuera del castillo y tirarla viva a un pozo, echando a continuación piedras en éste hasta que la mujer murió.

Otro hispano destacó en la defensa de los cátaros. Durante el ataque a Toulouse, el conde Raymond VI, hizo un llamamiento al rey Pedro II de Aragón que es también soberano protector de numerosos feudos occitanos. Desgraciadamente, cerca de Toulouse en 1213, Montfort, contra toda previsión, vence al ejercito de Pedro que encuentra la muerte en el curso de la batalla.

Sobre estos episodios Blavatsky escribe: “El infame Simón de Montfort, general pontificio que mandaba las tropas enviadas contra los albigenses, a quienes derrotó con espantosa matanza en las cercanías de Toulouse.”

El final de Montfort llegó el 25 de junio de 1218. En una refriega en la ciudad de Toulouse, una piedra llega volando, lanzada por una máquina de guerra manejada por una mujer y le aplasta la cabeza.

Mas la Iglesia Católica estaba decidida a imponer su ley de terror. Utilizará soldados y monjes para llevar a cabo uno de los mayores genocidios de la historia europea. Algunos historiadores modernos calculan en medio millón los muertos en la lucha contra los albigenses.

En esta fratricida guerra, los atacantes católicos cuando conquistaban una ciudad, después del avasallamiento de los cuerpos, por la fuerza militar, continuaban con el avasallamiento de las almas por la “Santa Inquisición”.

Para ello el Papa Gregorio IX creó en 1231 la Inquisición, que encarga a Santo Domingo. Su finalidad es originalmente reprimir la herejía cátara, acabar con ella por medio de la institucionalización del terror.

La Inquisición condenaba a muerte, generalmente por medio del fuego, a aquellos que eran hallados culpables de herejía. Aunque, la tortura y el fuego fueron empleados por los clérigos católicos para reprimir la herejía mucho antes de la aparición de la Inquisición. De principios del siglo XI hay testimonios documentados de las hogueras que se encendieron para “purificar” los cuerpos de los “herejes”.


El último reducto: Montségur

Uno de los últimos bastiones o quizá el último bastión importante que a manera de golpe final le asestaran al catarismo fue la toma del castillo de Montségur y la quema de los perfectos y creyentes que en él resistían.

Según la leyenda, el macizo rocoso que sostiene al castillo de Montségur fue construido por los hijos del gigante Gerión. Esta leyenda expresa a su modo hechos reales, ya que sus alrededores están llenos de cromlechs y menhires, así como de pinturas rupestres. Esta concentración de vestigios arqueológicos parece indicar que los “hijos de Gerión” (o los hijos de grandes hombres), en la noche de los tiempos, ocuparon y santificaron el lugar de Montségur, cuyo nombre se deriva, según algunos, de la palabra celta egu: sol.

El castillo fue erigido sobre las ruinas de una antigua fortaleza entre 1205 y 1211, aproximadamente, por encargo de varios obispos cátaros que hicieron llegar sus peticiones a Ramón de Perelha, señor del lugar.

Muchas preguntas se plantean en el episodio de Montségur, ¿por qué edificaron los cátaros en Montségur?, ¿por qué se refugiaron allí cuando tenían otros castillos más seguros?, ¿por qué incluso antes del holocausto Montségur era considerada como montaña sagrada del catarismo? y ¿por qué exigieron mantener la plaza hasta el equinoccio solar de primavera antes de entregarla e ir hacia la muerte en 1244?

Podemos entender que en todos los hechos que acontecieron en Montségur los cátaros nos dejaron un ejemplo y un mensaje capaz de desafiar el tiempo. Un mensaje para el futuro, para cuando Roma ya no tuviera el poder de encender hogueras y para cuando nuevos cristianos de corazón volvieran en la búsqueda de las fuentes de su fe.

Revivamos el momento en que Montségur fue atacado. Bajo la máxima de “Hay que cortarle la cabeza al dragón”, dicha por Blanca de Castilla, en mayo de 1243, el senescal o jefe de la casa real de Francia, Hugues de Arcis, pone sitio a Montségur.

Durante meses el sitio se prolonga y a pesar de éste, abastecedores y emisarios van y vienen atravesando líneas enemigas por senderos, muchos subterráneos, sólo conocidos por los sitiados.

En el tiempo que dura el asedio, algunos de los hombres de Hugues de Arcis desertan y se pasan al bando contrario. La fuerza del catarismo en esta región es inusitada, tal como lo demuestran hechos de este tipo.

Gérard de Sède nos narra el final de este gran bastión cátaro:

“Los jefes de los sitiados, Ramón de Perelha y Pierre- Roger de Mirepoix, intentan una salida que fracasa. Los combates son sumamente mortíferos. Las esposas e hijas de los caballeros occitanos, tras haber recibido la “convenenza” (una variante del consolamentum), corren a las murallas para ayudar a los hombres, mientras los perfectos van de uno a otro para “consolar” a los moribundos.

Al día siguiente, después de nueve meses de asedio, Montségur pide negociar la rendición.”

“Las condiciones del adversario (los católicos) sorprenden por su indulgencia: el castillo será entregado al rey de Francia y a la Iglesia Romana, pero sus defensores serán absueltos de todas sus faltas, mediante el cumplimiento de leves penitencias.

Iguales condiciones se conceden a los herejes si consienten en abjurar. Por último, la guarnición cátara permanecerá dueña de la plaza durante quince días, al cabo de los cuales podrá retirarse con armas y bagajes.”

“Este inesperado plazo permite a los sitiados hacer bastantes cosas...

La noche del 16 de marzo de 1244, los herejes, a quienes se había exhortado en vano a que se convirtiesen, fueron brutalmente sacados del castillo por los soldados... Les hicieron bajar la pendiente encadenados. Eran en número de 215: perfectos, simples creyentes y convertidos de última hora.”

“Al pie del picacho, en un terreno vallado, había una gigantesca hoguera preparada. El sitio se sigue llamando el Prat dels Cremats (campo de los quemados). Hombres y mujeres fueron a la muerte cogidos de la mano y cantando himnos.”

A partir de estas amargas horas que se vivían en el Languedoc, en las que toda la estructura de la comunidad cátara se descomponía por momentos, víctima de los feroces ataques, los pocos que iban quedando se vieron obligados a esparcirse y esconderse en lugares aislados, sin ningún sostén y sin socorro. Algunos fueron detenidos y quemados, otros se exiliaron, otros murieron por privaciones.

Aún hubo noticias de los cátaros durante largo tiempo: la hoguera se llevó a varios en Florencia (1244) y en el propio Languedoc (1254). Incluso en fecha tan lejana como en el 1321 fue apresado el obispo Bèlibaste, último perfecto conocido de Languedoc. Refugiado en España, se instaló en Morella, al norte de Valencia, con algunos fieles. La Inquisición española le entregó a Francia, donde murió en la hoguera, en el patio del castillo episcopal de Villerouge-Termenès (Aude).

Para terminar diremos que tantas personas, perfectos y perfectas, que murieron por amor a su fe y a sus bien encarnadas creencias, no murieron inútilmente.

El espíritu de fortaleza espiritual que los llevó a aguantar tan dura penitencia todavía subsiste hoy en día, y por las carreteras de esta parte de Francia están presentes estas heroicas acciones, anunciadas en carteles y monumentos, como queriéndonos decir:

“No mires nuestra muerte, sino mira por lo que morimos”. Un trovador, a los pies del castillo de Montségur y de las cenizas de los mártires profetizó: «Al cabo de setecientos años, el laurel reverdecerá.»

El espíritu del catarismo y de sus perfectos se recoge en la frase de Pierre Autier que subió calmadamente a la hoguera levantada para él en Carcassonne, declarando:

“Si me fuese permitido predicar, convertiría a toda la gente a mi fe”.

M.P.A.


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1 comentario:

gotia launia dijo...

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